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OPINIÓN

11 de marzo de 2020

CARTAS ORGÁNICAS: CONSTRUYENDO DIARIAMENTE

Las cartas orgánicas también son magníficas herramientas democráticas, innovadoras y eficaces, por lo que es necesario conocerlas y difundirlas. Por Alejandro Rojo Vivot

FOTO: ARV.  ALEGRÍA, LECTURAS PARA SEGUNDO GRADO. JOSÉ MAZZANTI. EDITORIAL MOLY & LASSERRE. CUARTA EDICIÓN. BUENOS AIRES, 1930 

 

Las cartas orgánicas también son magníficas herramientas democráticas, innovadoras y eficaces, por lo que es necesario conocerlas y difundirlas.

Indudablemente es más fácil convertirse en un apéndice de quien ejerce un poder público, por lo menos en lo que se refiere a la obtención de recursos, que ejercer libre e independientemente los mandatos institucionales de, por ejemplo, una asociación. Esto último no implica desechar algún trabajo en común, dialogar sobre aspectos específicos, emplear fondos y oportunidades públicos, etcétera; pero siempre manteniendo la independencia. Por otro lado, debemos reflexionar acabadamente cuando un dirigente de la sociedad civil ingresa a la actividad partidaria o, por caso, accede a un cargo de responsabilidad política; el debate está abierto.

A veces, el ser coherente con algún principio presenta serias dificultades pues, por lo general, los cambios buscados provocan resistencias. Si no fuera así muchas de las entidades comunitarias no existirían y viviríamos en un mundo feliz.

Entonces, aunque el camino elegido por las organizaciones sociales sea el más largo y, en algunas oportunidades dificultoso, si es el que favorece la coherencia e independencia, sin duda será la ruta más conveniente; y de eso se trata.

Desde luego que en todos los ámbitos podemos encontrar luces y sombras, pero nunca, nunca, si deseamos edificar a la democracia teniendo como valor a la diversidad, podemos optar por los sistemas que tienden a la hegemonía o a denostar a los otros en una suerte de infantil concepción de suponer que los que coinciden con nosotros son todos o, por lo menos, todos los que importan, ya que así seguramente estaremos en el inicio del abismo empujados por el pensamiento único.

La lógica excluyente de amigo enemigo en la vida cotidiana socaba el entramado comunitario y, entre otras, desalienta la construcción de la democracia de calidad.

Ya transitando en el Siglo XXI, en gran parte del territorio poblado por seres humanos, pues dejamos el resto del universo para otro análisis, sufrimos aberrantes situaciones generadas por quienes deberían ser los reyes de la creación: hambre, hacinamiento, desempleo, violencia armada, corrupción, nepotismo, negación al acceso a la información pública, etcétera. Pero, por otro lado, hemos comprendido cabalmente que la organización democrática de calidad es la que contribuirá a solucionar esos problemas. En este sentido el peruano Baltazar Caravedo, en 2004, acabadamente escribió sobre su propio país aunque bien podemos trasladarlo, por lo menos, al resto de la Región. “Nos consideramos una sociedad integrada en la que todos somos iguales y en donde los mejores efectivamente destacan porque se lo merece (primer nivel). No obstante, al mismo tiempo, sentimos que el éxito de uno se debe al fracaso de otro, o que la riqueza de algunos se debe a la pobreza de otros (segundo nivel). Ambas ideas cohabitan en todos los sectores, y en cada uno de los individuos que los integran. Dado que el discurso subyacente, todos somos enemigos; no tenemos un interés común que nos agrupe. La fragmentación social resulta entonces de la imposibilidad de construir una visión compartida desde nuestra interioridad más profunda.

Nos percibimos como una sociedad solidaria, en la que somos hermanos y nos debemos ayuda mutua. Las colectas públicas a favor de grupos necesitados nos brindan la posibilidad de dar dinero, ropa o equipos. Simultáneamente, desconocemos el derecho del otro, lo ignoramos. Cuando circulamos por la vía pública manejando algún vehículo y nos pasamos la luz roja o ingresamos contra el tráfico en una calle, desconocemos el reclamo del conductor que tiene razón y, más aún, lo insultamos por eso. Somos piadosos cuando asistimos a nuestro servicio religioso, pero en la empresa o en el centro de trabajo maltratamos sin contemplación a nuestros colaboradores”. [1]

La inteligencia puesta en acción significa procurar edificar, con bases sólidas, comunidades con visión integral donde los habitantes estén orgullosos de participar plena y responsablemente; eso es posible y vale la pena buscarlo perseverantemente.

 

[1] Caravedo, Baltazar. La transformación de la sociedad peruana. AVINA. Páginas 19, 20 y 21. Lima, Perú. Junio 2004.

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