Miércoles 1 de Diciembre de 2021

OPINIÓN

15 de noviembre de 2015

Apuntes Ciudadanos: Campañas en chiste VII

En esta oportunidad Alejandro Rojo Vivot (1) nos trae a la reflexión una novela de ficción pero que la misma en algun se convierta en la realidad nuestra.

Foto: A. Rojo Vivot tapa revista Caras y Caretas, 31 de octubre de 1903

 

“Un dicho nos parece chistoso cuando le atribuimos una significación con necesidad psicológica y en el acto de atribuírsela tenemos que negarla”.

 

Theodor Lipps (1851-1914)

 

Una de las mejores novelas de la segunda parte del siglo XX es Desde el jardín (1970) del académico estadounidense, de origen polaco, Jerzy Kosinski (Josek Lewinkopf fue su primer nombre) (1933-1991). En esa obra relata unos pocos días de Chauncey Gardiner, un personaje con discapacidad intelectual que vivió en una habitación atendido por el personal de servicio de una gran mansión, donde sus dos únicas actividades diarias eran cuidar el jardín y ver televisión; no sabe leer ni escribir ni jamás, en décadas, había salido a la calle. Por una serie de circunstancias, adquiere una efímera y significativa notoriedad por sus expresiones televisivas. Sus respuestas son siempre elementales, cándidamente optimistas y se refieren a su jardín y a lo emitido por la televisión, aunque es consultado por las más altas autoridades políticas y periodísticas.

Casi al final de la ficción, en una reunión cumbre convocada por uno de los candidatos a Presidente, pues necesita encontrar rápidamente a su compañero de fórmula ya que el elegido renunció porque se hicieron públicos determinados antecedentes que lo descalificaron inexcusablemente.

“En la habitación reinó el silencio. Fue entonces cuando O’Flaherty se decidió a hablar.

-Creo que puedo sugerir a alguien –dijo con vos pausada–. ¿Qué les parece Chauncey Gardiner? –Todas las miradas convergieron en el hombre que, sentado en el sofá, bebía café.

-¿Gardiner? –repitió el hombre del sofá–. ¿Chauncey Gardiner? Realmente, no sabemos nada de él. Nuestra gente no pudo hallar ni un bendito dato. Por cierto que él no ha sido de ninguna ayuda: no ha pronunciado una sola palabra acerca de sí mismo desde que se instaló en casa de los Rand hace cuatro días…

-Pues entonces quiero dejar sentado –dijo O’Flaherty– que eso me hace considerar a Gardiner como una posibilidad todavía mejor.

-¿Por qué? –preguntaron varias voces a coro.

O’Flaherty habló con soltura:

-¿Cuál fue la dificultad con Duncan? ¿Con Frank y con Shellman y con tantos otros que consideramos y que nos vimos obligados a rechazar? La dificultad fue siempre que tenían demasiados antecedentes, demasiados. El pasado de un hombre lo mutila: sus antecedentes se convierten en un pantano que invita a escudriñar.

-Piensen en cambio en Gardiner. Permítanme que haga hincapié en un hecho que acaba de mencionar alguien muy autorizado: Gardiner carece de antecedentes. No es, ni puede resultar objetable para nadie. Tiene buena presencia, se expresa con propiedad y sale bien en televisión. Además, por lo que atañe a sus opiniones, parece ser uno de los nuestros. Eso es todo. Está muy en claro lo que no es. Gardiner es nuestra única posibilidad.

- O’Flaherty acaba de tener un acierto –dijo–. Algo bueno. Hum… Gardiner, Gardiner”.

La novela concluye con un final abierto, para que cada lector imagine por caso si el débil personaje que, sin nunca debatir, monologa con irreverente optimismo acartonado y frases hechas políticamente correctas, apareciendo bien en televisión, llegará a triunfar en una fórmula construida por pocos. Cabe recordar que el autor aclara que es un trabajo de ficción y que no se debe “identificar con ninguna persona o hechos reales”; pero queda el interrogante: ¿hasta qué punto es posible que algún día sea realidad? en desmedro de los cabales políticos con propuestas fehacientes.

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